Diario de un pardillo
Capítulo uno
Afeitarse o no afeitarse: Esa es la cuestión
Ya estamos otra vez. Yo casi ya ni me inmuto ante mi mala suerte. O quizá ya no sea suerte. Quizá sea una tendencia. Es decir, cuando a uno le suceden tantas cosas “desafortunadas” eso mismo tiende a generar una especie de efecto “bola de nieve” donde cada vez parece acumular más y más desgracias y no parece ser capaz de revertir la situación. Al final uno acaba por crear una especie de caparazón y encerrarse en él. Es un caparazón figurado, claro está, pues uno no se convierte en una especie de Calimero... al menos en el aspecto puramente físico.
Oh, perdón. No me he presentado. Soy Pololo Ferrándiz. Sí, sí, ese es mi nombre. No me preguntéis qué les hice a mis padres para que me pusieran de nombre Pololo, pues sinceramente, no lo sé. Aún no me conocían y según parece ya me odiaban. Aunque en realidad bien podríamos considerar ese mi primer aviso. El primer aviso de lo que la vida me estaba preparando.
En fin, que tengo 21 años, mido 1’70 m y peso 82 kilos. Como es fácilmente deducible, me sobra un poquito de peso. Y tampoco soy el chico más agraciado de la provincia, para qué engañarnos. Yo creo que tampoco estoy tan mal, pero las chicas parecen tener una opinión un poco más radical al respecto. Nunca he besado a una chica en mis 21 años de peripecias e infortunios amorosos.
Vivo en Villagarcía del Llano, un pueblo en la provincia de Albacete, Castilla La Mancha, España. Y olé. En fin, es un pueblo más bien aburrido, aunque por alguna extraña razón existen ciertos grupos de turistas que deciden venir aquí de viaje y a veces tenemos giris en la única discoteca del pueblo, la disco Hollywood.
Pero, volviendo a la razón principal de que esté escribiendo esto, me gustaría decir que, aunque pueda parecer muy egocéntrica esta presentación, si estoy escribiendo esto es para poner un ejemplo a no seguir. Sí, sí: un ejemplo a NO seguir. La gente normalmente habla de sus ídolos como “ejemplos a seguir”. Pues yo, no es que lo pretendiera, pero digamos que la vida ha querido que me convierta en una especie de anti-ídolo, y ante tal don he decidido hacer algo útil para la humanidad y describir mis desventuras, para que la gente en general pueda aprender de ellas. Es decir, observarlas y aprender qué es lo que no se debe hacer si uno quiere ser alguien de provecho y tener éxito en la vida, y evitar así ser un pardillo. Dios mío, qué tristeza de palabra. Pardillo.
Claro está que yo no fui consciente de mi situación hasta que empecé a relacionarme con otros niños. Mi más tierna infancia no fue necesariamente una etapa dolorosa. Mis padres me mostraban mucho cariño, y los helados, videojuegos y correteos con mi perro Tresky eran costumbre y mis días pasaban alegremente, en la jubilosa inconsciencia de lo que el futuro me deparaba.
Pero al igual que ese sabroso frigopié que comes con placer finalmente se acaba tras lametearlo durante unos cuantos y deliciosos minutos, en mi caso lo bueno llegó también a su fin. Llegó mi hora de empezar el colegio. Los parvulitos. En el día más traumático de mi vida, mi madre Josefa me llevó al colegio San Andrés y me dejó lloroso en manos de una profesora cuyo nombre ya no recuerdo... aunque tampoco lo quiero recordar. Acto seguido me dio un beso en la frente y sin más me abandonó a mi suerte. Lo cual es, si uno me conoce aunque sólo sea un mínimo, bastante similar a subirme a un quinto piso y decirme: “Salta, chaval”. Aunque quizá mi pobre madre eso no lo sabía. Quizá era demasiado pronto. Sea como fuere, esa no iba a ser la peor sorpresa del día: aún quedaba algo peor. Ese día descubrí no sólo que mi madre no era ese ángel de la guarda que nunca se separaría de mí. También descubrí esa execrable especie, indigna casi de mención, pero que por cuestiones de guión debo mencionar. Me refiero, evidentemente, a los otros niños.
No es que les tenga un odio especial, no nos equivoquemos. Cuando uno está nadando plácidamente en la playa y ve una aleta de tiburón acercándosele, no siente necesariamente ningún tipo de odio en especial. Inicialmente uno, inconsciente de lo que la aleta representa, puede que se acerque alegremente a esa aleta para ver qué es, sólo para darse cuenta poco después de que su cuerpo entero de tronco para abajo acaba de ser arrancado de cuajo. Bueno, de esa misma inconsciencia hice gala yo en ese, mi primer día de escuela en parvulitos de 4 años.
Pero, retomando el hilo, eso no fue más que el principio. Han pasado ya 17 años de eso y aquí estoy yo, abonado a “mi suerte”, o más bien a mi “mala suerte”. Sí, si buscabas una historia penosa y lastimera y encontraste este texto en tus manos, pues has dado en el clavo.
Pero una vez más, volvamos a lo que íbamos. Esa famosa frase que ya se ha convertido en parte habitual de mi léxico vuelve a rondarme, muy a pesar mío. Ya estamos otra vez. Sí, esa es la frase. La frase que podría muy fácilmente describir mi vida. De hecho, podría describir tantos incidentes sueltos de esta, que uno casi pensaría que la adopté como lema en algún momento y que conduzco mi vida consciente o inconscientemente intentando hacer bueno ese lema. Y quizá quien pensara eso tendría razón, no sé.
El hecho es que, hoy, una vez más, me he visto abocado a una de esas situaciones en las que sólo alguien con una evidente mala sombra puede acabar. No es tampoco el fin del mundo, si uno lo mira con frialdad, pero cuando uno se ha enfrentado a mil y una de estas situaciones que “tampoco son el fin del mundo”, uno empieza a plantearse cosas. Y esta ya pasa de la número mil uno. Con creces.
Pongámonos en antecedentes. Es decir, en la situación actual que nos ocupa. Pues resulta que ahora mismo estoy en casa. En mi habitación. Sentado ante el ordenador. Escribiendo. Y son las siete de la mañana. Y hoy, diríamos, no ha sido el mejor de mis días. O la mejor de mis noches. Hace apenas unas horas me encontraba en la disco. Para más detalles, la disco Hollywood. Aunque como ya he dicho, es la única disco del pueblo. Y hoy, siendo viernes por la noche, no me afeité antes de salir. No soy un chico muy peludo y no necesito afeitarme más de una o dos veces por semana, y suelo hacerlo sábados y jueves. Básicamente porque esos son los dos días principales para salir a ligar... El jueves por la noche en la universidad (estudio Ingeniería Mecánica en la Universidad Complutense de Madrid), el sábado por la noche en el pueblo, donde paso los fines de semana.
Pues a lo que iba: hoy no me afeité. ¿Por qué comento esto? Bien, por si el título del capítulo no era lo suficientemente diáfano y explicativo, pronto quedará todo claro. Afeitarse o no, contrariamente a lo que mucha gente pueda pensar, puede resultar la decisión clave de una noche.
Yo, inicialmente pensé en tomarme la noche de hoy como un día cualquiera y simplemente tomarme un par de cervezas con mis colegas, Jorge y Sergio, y escuchar un poco de música en la disco, mover un poquito el cuerpo al son de la música (eso sí, con cuidado de no hacer ningún movimiento que denote una falta de estilo que pudiera dejarme en evidencia ante alguna chica), y poca cosa más. Pero, ¿cómo iba yo a esperar que precisamente hoy me iba a surgir la oportunidad que llevaba 20... perdón, 21 años esperando? (Es que cumplí 21 hace sólo un mes, y aún no me hago a la idea).
Pero volviendo al tema que nos ocupa, la oportunidad se presentó cuando yo menos lo esperaba. Es decir, esta noche por primera vez en mi vida una chica me miró y me sonrió... aparentemente atraída por mí.
La chica estaba a unos 10 metros de mí, con un grupo de chicas, que supongo eran sus amigas. Todas estaban apartadas de la pista de baile, pero aun así bailaban al son de la música que DJ Juanjo (no es que yo le conozca, pero ¡quién no conoce a DJ Juanjo! ¡El mejor, si bien único, DJ en toda Villagarcía del Llano!)
Pero volvamos a la chica. Era una giri, pues no la había visto nunca y sin duda no parecía española, en absoluto. Era rubia, más bien delgadita, vestía con una minifalda bastante atrevida de color gris y un top negro que apenas tapaba unos pechos no muy voluptuosos, pero muy apetecibles. La chica llevaba unos zapatos negros abiertos que se cerraban con sólo unas tiras cruzadas y que dejaban al descubierto sus delicados pies. El grupo entero de chicas, todas vestidas de forma más bien provocativa, se asemejaban más a una jauría de cautivadoras amazonas que a nada parecido al típico grupo de chicas que uno está acostumbrado a ver por estos lares. Yo al principio, qué duda cabe, miré a mi alrededor, convencido de que sonreía a otra persona. O sea, ¿cómo iba esta chica, fascinante y sexy hasta límites nunca vistos por estas tierras de Dios, estarme sonriendo a mí?
Pero cuál fue mi sorpresa al descubrir que estaba yo más solo que la una en la barra ante la pista de baile... ¡Sólo podía estar sonriéndome a mí! Y ahí fue cuando se me erizaron los pelos, aparté la mirada acongojado y empecé a mirar a la pista, evitando la mirada de esa anonadante rubita que me seguía mirando, según yo percibía por el rabillo del ojo...
Miré hacia atrás, avergonzado, y vi a Sergio y Jorge aún en la otra barra, intentando pedirse una cerveza o un cubata... pero la camarera no les hacía ni caso. A veces tanto yo como mis colegas llegamos a niveles de patetismo casi inenarrables. Cuando giré la cara para volver a mirar hacia la pista, vi una escena horripilante: la rubia estaba empezando a caminar... ¡¡¡¡hacia mí!!!! Y no sólo eso, caminaba hacia mí ¡¡mirándome directamente a los ojos!!
Ahí fue cuando mis fusibles cortocircuitaron o los circuitos de mi mente se soldaron o como se quiera decir eso en electrónica, porque la chica no sólo siguió caminando hacia mí, sino que llegó hasta mi lado en la barra situada ante la pista y se quedó a una distancia de unos escasos 50-100 cm. Estaba a menos de un metro de mí. La única vez que una chica había estado a esa distancia de mí de forma voluntaria... Bueno, muy voluntaria no fue... O sí.... Bueno, da igual, la única vez que había tenido una chica a esa distancia en mis 21 años de sufrimiento (lo llamo “sufrimiento” porque llamar a esto vida sería mucho llamar, creo yo) fue en el 15 cumpleaños de Cristina Antúnez, una chica de mi clase que, aún no sé por qué, me invitó a mí a su fiesta de cumpleaños. Es la única vez en mi vida que una chica me ha invitado a su cumple. De hecho, no fue ella quien me lo dijo. Fue mi madre. Sí, creo que me invitó porque su madre y la mía eran amigas, aunque nunca estuve del todo seguro. En fin, lo que sucedió ahí es que estábamos todos en su fiesta de cumpleaños y en cierto momento todos nos acercamos a ver los regalos, y yo estaba apoyado en la mesa, cuando toda la marabunta de gente se me echó encima, y apoyado en mi brazo de repente noté una sensación de algo suave casi aplastado sobre el brazo... Me giré y vi que era... ¡¡el pecho izquierdo de Liliana, la tetona de clase!! Oh, casi me desmayé. Pero no hice nada, me quedé ahí petrificado, deseando que Liliana tampoco se moviera. Aunque poco duró la alegría, ya que en cuanto Liliana me miró y vio que estaba rojo como un tomate, se dio cuenta de la situación, se apartó de mí empujándome y espetó a viva voz: “¡¡Si me quieres tocar las tetas, me pides permiso, chaval!!”. Tierra trágame, pensé. Pero por otro lado, esa fue toda una experiencia. Ahora ya conocía la textura de unos pechos. Si bien sólo lo noté con la parte posterior de mi antebrazo derecho, mejor eso que nada. Nunca antes ni después una chica se me había acercado a menos de 3 metros.
Y ahí estaba yo, en la discoteca, con esa belleza a un metro o menos de distancia de mí, bailando animadamente a mi lado. Y yo no sabía qué hacer. En ese momento pensé que lo que haría un ligón sería hablar con ella, pero ni que decir tiene que yo de ligón... pues bien poco. Dejé que bailara y yo seguí con mi mirada clavada en la pista de baile, más nervioso que un flan... Cuando de repente... ¡La chica me estaba hablando! Me dijo en inglés: “Do you have a lighter?” y tenía un cigarrillo entre los dedos. Y yo, que no fumo (aunque sí hablo inglés), y que apenas podía hacer que mis cuerdas vocales articularan sonido en esa situación, le dije que no tenía fuego. Y volví a clavar mi mirada en la pista.
¿Pero cómo podía una chica así estar interesada en mí? ¿Podría ser verdad? ¿Y si me lanzo y resulta que no le gusto y todo eran imaginaciones mías? Igual sólo ha venido hasta aquí para ver la pista de cerca. Y sí, seguro que lo único que pasa es que a su mechero se le ha acabado el gas, así como a los mecheros de todas sus amigas, y por eso me pide el fuego a mí. Está clarísimo. Está clarísimo que todo esto tiene una explicación lógica y que esta chica no está intentando ligar conmigo... Eso sería imposible.
De repente la chica dio media vuelta y volvió con su grupo de amigas. Yo me quedé con una mezcla de enfado conmigo mismo y duda. Entonces, aún casi como un flan, giré la cara en dirección opuesta al grupo de chicas, y vi que en la pared de al lado había un espejo. Me miré, y ahí lo comprendí todo.
No me había afeitado.
La barbita de 4 días que llevaba abortó cualquier posibilidad factible en cuanto la chica me vio de cerca. Y por eso se fue. Ya era difícil de creer que de lejos tuviera interés alguno en mí, pero de cerca y sin afeitar... hablamos de una utopía.
En fin, me lo estaba empezando a tomar con filosofía ahora que ya había encontrado una explicación lógica para todo ello, cuando me sentí observado. Esa sensación de que alguien te está mirando aunque no sabes desde dónde. Me giré hacia donde estaban las chicas esas, y ahí estaba ese bellezón de rubia: ¡apuntándome con el dedo y hablando con sus amigas, 5 bellezas todas ellas, todas mirándome a mí! ¡¡Y hasta una me saludó, y la rubita le hizo bajar la mano y pareció avergonzada!! Si alguna vez he querido que la tierra me tragara...
Y yo, en un arranque de genialidad y valentía, me armé de coraje, respiré hondó y… giré la cabeza y seguí mirando a la pista como si no hubiera visto nada. Madre mía. Menudo crack que estoy hecho.
Plantado ante la pista de baile busqué en mi mente una explicación a todo esto. A la chica, aparentemente, yo le gustaba. ¿Ilógico? Sí. Pero parecía un hecho. ¿Pero por qué yo no era capaz ni tan solo de mirarla a los ojos? Me volví a mirar al espejo, y ahí llegó la iluminación. La luz divina que me hizo ver la realidad con claridad cristalina. De repente, todo encajó en mi mente: mi propio honor y hombría no me permitirían irme con ella en las condiciones en que estaba. No podía hacerlo. Estaba sin afeitar. Nunca me perdonaría irme con una chica así sin afeitarme. Lo vi clarísimo: lo que había que hacer era ir a casa, afeitarme y entonces volver y hablar con la chica entonces, sintiéndome como el rey del mambo, bien afeitadito, y dejar entonces que las aguas siguieran su curso. Por fin tenía mi plan maestro.
Evitando ni tan sólo mirar a las chicas, fui adonde Jorge y Sergio y les dije que me iba a casa a afeitar y que volvería en un rato. Jorge me dijo que si estaba loco, Sergio miró su reloj y puso cara de extrañeza... Nada fuera de lo común. Su mayúscula sorpresa sólo se debía a que no conocían mi plan maestro, pero yo no tenía tiempo de explicárselo, había llegado la hora de pasar a la acción. En todo el camino a casa, adonde fui caminando, claro está (no tengo ni moto ni coche ni medio de transporte propio), fui haciéndome castillos en el aire sobre lo bonito que sería todo cuando volviera a la disco... Una vez en casa, me tomé el tiempo necesario para hacer las cosas bien. Me afeité con tranquilidad y muy a fondo, me duché de nuevo, me lavé los dientes e hice gárgaras con listerine y hasta me cambié de ropa para ponerme mi camisa preferida. Me miré en el espejo y en efecto: estaba rompedor. Es decir, estaba tan rompedor como podía llegar a estar, dadas mis circunstancias corporales... O sea, mi barriga y estas cosas... En fin, en el camino de vuelta a la disco no fui corriendo en ningún momento, caminé con parsimonia y tranquilidad, para asegurar que ni una gota de sudor transpirara y ningún olor pudiera aparecer. Estaba todo planeado, todo bajo control. Nada podía fallar esta vez.
Salvo un pequeño detalle inesperado. Cuando volví a la disco, las luces de neón estaban apagadas.
Efectivamente, la discoteca había cerrado.
Miré mi reloj: las 05:30. La discoteca llevaba ya media hora cerrada. No había rastro ni de la rubita ni de sus amigas ni de mis amigos... Nadie.
Mi gozo en un pozo. Aunque eso sí, me fui a mi camita muy bien afeitadito. Y con los dientes bien limpios. Seguro que mi madre estaría muy orgullosa de mí.
Qué desastre. Ya estamos otra vez.
P.D. Al día siguiente fui a la disco de nuevo y ese grupo de bellezas descomunales no dio señales de vida. Nunca más las volví a ver. Y mis amigos que creen que estoy delirante, ya que esas tipas nunca se hubieran fijado en un pardillo como yo. La oportunidad de mi vida, echada por la taza del water. Si es que, definitivamente, estoy hecho un crack.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)