martes, 31 de agosto de 2010

Capítulo dos: Ni Shakira ni Beyoncé se mueven así…

Capítulo dos

Ni Shakira ni Beyoncé se mueven así…

Bueno, pues ahora que nos conocemos... O mejor dicho, que me conocéis, porque yo a vosotros no mucho, aquí voy con una nueva entrada de mi diario y la historia correspondiente.

La historia de hoy, en el pardillómetro, entraría en la máxima expresión de pardillez… o más allá incluso. Vamos, que se sale de la escala. Yo creo que para esta historia deberíamos crear un nuevo rasero de medida, el penosímetro. O sea, a diferencia del pardillómetro, que mide el nivel de pardillez, tendríamos una escala paralela, el penosímetro, que mediría el nivel de penosidad que alcanza un ser humano en sus quehaceres. De hecho, más que una escala paralela, sería una escala que mide situaciones que no sólo denotan pardillez, sino que ya causan que los demás sientan pena por ti.

Aunque... un momento, recapitulemos un poco. Creo que me he acelerado un pelín. No os he explicado qué es el pardillómetro. Bueno, en cualquier caso creo que es bastante autoexplicativo, por el nombre en sí. Pero la realidad es que el pardillómetro contiene unos niveles muy claros y definidos, que merecen su debida atención y que vamos a nombrar y explicar aquí para ilustración del afanado lector:

Pardillómetro

Nivel de pardillez Valor numérico

Pardillus maximus +100

Pardillo cum laude +90

Gran Maestre pardillo +80

Pardillo emérito +70

Maese pardillo +60

Pardillo profesional +50

Pardillo mancebo +40

Pardillo novicio +30

Pardillo neófito +20

Aprendiz de pardillo +10

Los niveles, como verás por sus nombres, son más bien autoexplicativos, así que de hecho no creo que merezca la pena explicar gran cosa más, más allá de dar los valores numéricos y los nombres. Conforme avancemos por las aventuras y desventuras de mi persona en este edificante (o al menos eso pretendo) “compendio del anti-ídolo”, como se le podría llamar, o Diario de un pardillo, como finalmente se nombró, como bien sabrás, iremos puntuando las peripecias retratadas. Espero que las puntuaciones se adecúen a tu propio criterio, un criterio que conforme avances, supongo que convergerá más veces que no con el mío. Y si no estás de acuerdo, oye, que no eres tú el que se está retratando capítulo a capítulo haciendo el ridículo y explicando todas las veces que has hecho la pena, así que al menos respétame eso, jobar.

En fin, también tenemos la nueva escala, la escala de penosidad. Aquí la tenemos:

Penosímetro

Nivel de penosidad Valor numérico

Penosus maximus +100

Penoso cum laude +90

Gran Maestre penoso +80

Penoso emérito +70

Maese penoso +60

Penoso profesional +50

Penoso mancebo +40

Penoso novicio +30

Penoso neófito +20

Aprendiz de penoso +10

Sencillo, ¿verdad? Bueno, pues retomando el hilo antes de que lo perdamos, la historia de hoy se sale de los rangos de pardillez y entra en los rangos de penosidad. Es un nivel de Pardillus maximus y Penoso cum laude, según creo yo. Ah, por cierto, que el primer capítulo se quedó sin puntuación, así que a posteriori yo diría que se quedaba en un nivel de Gran maestre pardillo.

Pero de nuevo, volvamos a la historia de hoy, que me desvío más que un camino de cabras... De nuevo, aquí estoy, en casa, escribiendo en mi ordenador, esta vez a las 4:00 de la mañana, antes de lo habitual. Y esta noche ha sido una de esas noches apoteósicas. Hemos ido, como de costumbre, a la disco Hollywood. Elementos presentes: Jorge, Sergio y yo.

Hoy, siendo sábado noche, decidí ponerme mis mejores galas, salir bien afeitadito y rezumando Paco Rabanne XS por todos los poros. Antes de ir a nuestro destino final, la disco Hollywood, decidimos ir al bar La Tasca a zumbarnos unos calimochos. No es que yo sea muy amigo de los calimochos de don Simón, pero la economía está muy mal, como todos sabemos. Y como diría un catalán, la pela es la pela.

Tras los calimochos de rigor y un par de comentarios con los colegas acerca de los partidos de la jornada de fútbol, nos lanzamos de cacería a la cueva... es decir, al Hollywood en busca de algunas nenas.

Siempre nos hacemos los chulitos entre nosotros, hablando de pibas, nenas, churris, tías, etc., pero la realidad es que, honestamente, el patetismo del que hacemos gala día tras día y noche tras noche es algo digno de mención. Ni yo ni ninguno de mis amigos hemos penetrado en un rango de 2 metros a la redonda de ninguna mujer desde que nuestras respectivas progenitoras nos dejaron de amamantar... Oh, bueno, yo fui lo bastante afortunado como para vivir la mítica experiencia con Liliana, pero creo que eso ya os lo conté si no me equivoco. Desde entonces Jorge y Sergio me consideran casi su ídolo por haber percibido personalmente los senos de Liliana... En fin, pues tras nuestras chorradillas y comentarios varios, decidimos ir a la disco.

Una vez allí, vimos que el ambiente estaba más animado de lo habitual. DJ Juanjo estaba en plan comercial, poniendo música disco por doquier, más bien orientada a las chavalillas... que, por cierto, no escaseaban. Desde que entramos vimos que había varios grupos de chicas que no eran del pueblo. Debían de ser giris o grupos de estudiantes en viaje de fin de curso. Daba igual.

Nos dirigimos a la barra y nos plantamos a observar a la Nuri, la camarera de la barra principal del Hollywood. La Nuri era como un mito para todos nosotros, una mujer realmente espectacular: morena y de pelo largo, con curvas marcadas. De hecho era de nuestra edad, pero no lo parecía en absoluto. Es decir, nosotros parecíamos niños de primaria al lado de ella, que parecía toda una mujer, rezumando autoconfianza... y con un cuerpo que tiraba de espaldas.

Como de costumbre, pareció no notar que estábamos ahí y atendió a todos los presentes antes que a nosotros, que tuvimos que llamarla tres veces para que se diera cuenta de nuestra presencia. Finalmente nos vino a atender. Si en algo somos buenos, sin duda es en parecer invisibles, eso seguro. Cuando finalmente nos atendió, Jorge hizo el comentario de rigor: “Si me ligara a esta tía, ya me podría morir”. A lo que respondí con una palmada en la espalda y una mirada compasiva. Sergio no dejó de mirar a Nuri ni un instante, con cara de obseso, y tuvimos que arrastrarle de la barra para ir hacia la pista.

Al acercarnos a la pista, sin embargo, se olió el desastre. Las aletas de tiburones empezaron a asomar y la aparición de Augusto y su peña tiñó de negro una noche que tampoco pintaba tan mal. Augusto es el chulo del pueblo. Trabaja desde los 14 años, cuando dejó de estudiar, y desde entonces se dedicó a ser mecánico de coches en el taller de su padre. Tenía un coche con todo tipo de aderezos, un Golf GTI que se podía oír desde la otra punta del pueblo del ruido que hacía su motor. Siempre junto a él iban su séquito de pelotas, un grupito de “mini-chulos” o “mini-Augustos” podríamos decir, que eran tan desagradables como él.

Ay, pero hagamos aquí una de esas “excursiones” por el baúl de los recuerdos... muy a pesar mío. Augusto fue el primer niño que conocí en el colegio. Fuimos juntos desde mi primer día de cole, es decir, desde mi primer día de parvulitos. Un día que, dicho sea de paso, me marcó para siempre. Supongo que ante la desfachatez mía de atreverme a existir en el mismo colegio que “don Corleaugusto” y hasta dirigirle una palabra en ese primer día de parvulitos, el energúmeno debió de decidir que haría de mis días algo tan insoportable que desearía no haber nacido nunca. Y bueno, doy fe de que su contribución a hacer de mis días algo casi insoportable ha sido cuando menos destacable.

Pero volviendo a ese primer día de parvulitos, Augusto se las arregló para hacer que me pusiera a correr con los cordones de mis zapatos izquierdo y derecho atados entrelazadamente... Sí, sí, no me preguntéis por qué acepté correr con los cordones de mis pies izquierdo y derecho entrelazados, no lo sé ni yo mismo a día de hoy. Pero el hecho es que lo hice... Es decir, lo intenté. Porque el trompazo que me pegué fue descomunal tras mis dos primeros pasos, y mientras estaba en el suelo bocabajo y llorando, vino Augusto y me bajó los pantalones ante todos los niños y niñas del colegio. O sea, mi primer día, de hecho mi primera hora, y ya me habían visto el pompis todos y ya era el hazmerreír del colegio. Quizá debería escribir a esos del libro Guiness de los récords... “Tiempo récord en convertirse en el hazmerreír de todo un colegio”. En fin, que ese primer día resultó a la postre muy premonitorio.

Pero retomando lo que ha pasado esta noche, Augusto y su panda pasaban por ahí y él me hizo su típico “saludo”. Es decir, una colleja que casi me parte el cuello y el habitual “Hombre, ¡pero si aquí tenemos la mítica panda del Pololo!”. Conforme decía esas ya trilladas palabras, sus secuaces abordaron a Jorge y Sergio, avasallándolos por igual. A ese “original” inicio, le siguió el no menos original comentario de “¿Qué hacéis aquí, pringaíllos? Si lo que tendríais que hacer es iros a casa a hacer los deberes...”, y un par de chascarrillos más que lo único que hicieron fue evidenciar que el coeficiente intelectual no era, sin duda, un requisito para entrar a formar parte de “la panda del Augusto”. En fin, con un poco de suerte y unas pibas que pasaron cerca y captaron la atención de Augusto y sus compinches, conseguimos escabullirnos y meternos en una esquina de la pista de baile donde esperábamos pasar desapercibidos el resto de la noche... al menos desapercibidos a los ojos de ese puñado de mandriles.

Y en un principio parecía que la suerte nos había acompañado, pues a dos metros de mí vi que había un grupo de chicas de espaldas a nosotros, todas bailando. Tenían poco sentido del ritmo, la verdad, pero quién era yo para juzgar el sentido del ritmo de los demás, seamos honestos...

Cogí, y sin decirles nada a Jorge y Sergio me fui a la barra que teníamos a 10 metros, la barra de la Nuri, y me enchufé 3 vodkas con naranja seguidos para pillar el puntillo y ver si así me atrevía a hablar con una de esas chavalillas. La Nuri, como es costumbre, ni me miró ni cuando le pedí las bebidas, ni cuando las sirvió ni cuando recogió el dinero. Estaba demasiado ocupada bromeando con el otro camarero (un tío con suerte ese) que tonteaba con ella dentro de la barra. Decidí dejar de mirarla para no hacerme ninguna ilusión y recordé el grupillo que había en en centro de la pista. Me enchufé los cubatas del tirón, uno tras otro, y en el último trago me dio una arcada, pero pude soportarlo sin vomitar, aunque cerca estuve, la verdad.

Los cubatas no es que fueran precisamente mi bebida preferida, si hemos de ser realistas. Esto de beber no es que me me gustara, en realidad, porque el sabor del vodka, whisky y toda la pesca no es que sea algo muy agradable para el paladar… al menos eso creo yo. Pero el deber es el deber, y ahora tocaba atacar, mal que me pesara. Y el elemento etílico era, como de costumbre, algo indispensable.

De hecho, ahora que lo pienso, nunca he entendido una cosa acerca de este mundo. Siempre le he dado vueltas a por qué ha de ser el tío el que ataque siempre. Vamos, no es que sea así siempre, pero es que parece que sea algo inculcado en la sociedad que es el tío el que tiene que lanzarse y la chica la que debe estar ahí de pasmarote esperando a que la ataquen. Una evidente injusticia para los pobres coleguitas como yo, que precisamente lanzaos no es que seamos. Es una especie de machismo pero a la inversa. O sea, que las tías se quedan ahí plantadas mirando mientras son los tíos los que tienen que currárselo, atacarlas, etc. Para que luego se quejen de machismo. Encima. Los que nos tendríamos que quejar somos los pobres hombres, que nosotros no podemos quedarnos de brazos cruzados y aun así ligar, cosa que los afortunados miembros del sexo comúnmente llamado débil sí pueden hacer. Una injusticia más dentro de este desequilibrado mundo en el que vivimos, que por momentos parece haberse creado única y exclusivamente con el fin de hacerme la vida imposible. Igual esto no es más que un espectáculo al estilo de El Show de Truman y yo soy el inconsciente actor principal, con millones de personas riéndose de mí sin yo ni tan siquiera saberlo. Eso explicaría muchas cosas, ahora que lo pienso. Un día hablaré más largo y tendido al respecto, pero no querría ahora irme más por las ramas, que mi tendencia a estas idas de olla —de utilidad más bien nula y que rara vez ayudan a llegar a ninguna conclusión beneficiosa— es de sobras conocida.

En fin, pues volviendo a la historia que nos ocupa, me encontraba yo en la tesitura anteriormente descrita, con mis 3 vodkas naranja entre pecho y espalda y esperando a que la mágica poción hiciera efecto y que ese monstruo que llevo dentro hiciera acto de presencia y atacara a alguna de esas chavalillas, con mi persona de mero espectador ante el espectáculo de “triunfatore” al más puro estilo Rodolfo Valentino… O eso esperaba yo al menos.

Eché un vistazo de nuevo a la pista, y los movimientos de las chicas que instantes antes me parecieron descoordinados, me parecieron ahora mucho más rítmicos que antes. Como el tiempo acabaría dictando, esa apreciación no fue más que los efectos de mi ingestión etílica, pero en ese momento mi percepción me impulsó a acercarme a la pista y colocarme cerca de las chicas, incitando al Mr. Hyde que llevo dentro a que se mostrara. ¿O es el Dr. Jekyll? Jo, siempre me lío, no sé quién era el bueno y quién el malo. La verdad es que Jekyll suena a tío malo, ¿no? Parece un nombre de psicópata. Y Hyde es el nombre de un parque de Londres, que por cierto visité con mi padre a la tierna edad de 13 años, y no recuerdo nada especialmente macabro al respecto. Jobar, ya se me ha vuelto a ir la olla… Que a lo que me refería es a que estaba intentando hacer que ese “bicho” desinhibido que llevo dentro hiciera el favor de aparecer y lanzarse a atacar cual tiburón blanco ante un banco de pececillos desprevenidos e inconscientes, tras lo cual, si la empresa resultara exitosa y cazáramos uno de los pececillos, deberíamos desconectar esa “personalidad” para regresar yo mismo y disfrutar de una noche desenfrenada con una de esas chicas, excelsas bellezas para mis ojos tras esos lingotazos etílicos, que bailaban ante mí cual jauría de amazonas, incitándome con los contoneos malintencionados de sus caderas a caer atrapado en sus redes. Joer, a veces me sale la vena shakespeariana.

En fin, que finalmente me planté detrás del grupo. Las chicas, como ya he descrito, se movían de forma muy desinhibida. Por momentos me volvió a parecer una desinhibición excesiva. Como dije, en un principio me parecían completamente faltas de sentido del ritmo, pero llegados a este punto y tras la acción de ese compañero que nunca me abandona en estas empresas, el espíritu del vino, sus movimientos, a mis ojos hacían que esos contoneantes cuerpos que tenía ante mí hicieran palidecer los movimientos de Beyoncé y pareciesen dejar a Shakira en una mera aprendiz.

Me puse a bailar con los ojos cerrados a escasos metros del grupo de bailarinas desenfrenadas y decidí dejarme llevar por la explosiva combinación de música, vodka y chicas… ¿qué más se podría pedir en la vida? Cuando abrí los ojos vi frente a mí a una de esas chicas bailando de espaldas a mí, a unos escasos centímetros, contoneando su cuerpo cual gata en celo y mostrándome el camino a seguir. Obviamente, se me había acercado de espaldas en una evidente señal de que debía atacarla. El momento había llegado, el éxtasis estaba cerca y mi catarsis por fin iba a verse culminada tras larguísimos años de preparación para este momento, la cúspide de mi vida.

En ese instante, hice lo que nunca antes había hecho: mis brazos rodearon a la chica rubia por detrás, agarrando esa delicada cintura con mis manos y acercando hacia mí ese delgado cuerpo que me daba la espalda. La chica no se inmutó ante mi ataque, evidente signo según comprendí de inmediato de que su acercamiento hacia mí no había sido una mera casualidad. La incontenible amazona que tenía agarrada con mis brazos ejerciendo de lazo, siguió moviéndose desenfrenadamente y pensé que la noche podría ser larga, dada su condición incansable y movimientos continuos. Tras unos cuantos segundos de baile desenfrenado, en los que tengo que admitir que me vi incapaz de seguir el ritmo desquiciante de la fémina, vi a mis amigos a escasos metros de mí. Puse cara de satisfacción y les guiñé el ojo. Su cara de incredulidad mientras me miraban no me causó ningún tipo de sorpresa. Hicieron que no con las manos y pusieron cara de alarma, sin saber yo muy bien por qué. Aunque poco importaba. Era evidente que ni Jorge ni Sergio esperaban verme ahí bailando con un pibón desenfrenado en la pista de baile, y estaban en un estado de shock. Decidí seguir bailando y disfrutar del momento, olvidándome de mis amigos y centrándome en mi noche de triunfador. ¿Dónde estaban ahora el Augusto y sus secuaces? Escondidos, pensé. Bah, no merece la pena pensar en esos peinaovejas en momentos como este, me dije a mí mismo.

Cuando más estaba empezando a disfrutar y empezaba a pensar que ya era hora de darle la vuelta a la chica y preguntarle su nombre, de repente vi a uno de los secuaces de Agus con su móvil, acercándose a la pista a escasos metros de mí y de mi chica y empezando a grabar la escena con la cámara que su teléfono incorporaba. No comprendí muy bien por qué estaba grabándome a mí triunfando con una chica, pero pensé que igual quería luego darme el vídeo. Igual ahora me consideraban parte de su grupo de triunfadores y ese era el modo de decir que me aceptaban entre ellos, grabándome y dándome al día siguiente el vídeo para que pudiera disfrutar yo mismo de mi noche de triunfador. Sí, debía de ser eso. Mis amigos, a escasos metros de mí, miraban al suelo, con cara de pena. Me supo mal por ellos, pensé que era injusto que yo triunfara y ellos tuvieran que pasarlo tan mal, aunque tampoco comprendí muy bien por qué tanto drama. Deberían estar contentos de que por fin hubiera triunfado. Pero no le di mayor importancia.

Lo que sucedió después, sin embargo, sí que fue de lo más inesperado. Súbitamente, mientras me veía inmerso en el baile desenfrenado al que me impulsaba la hembra desbocada que tenía enlazada, alguien me dio unos golpecitos en el hombro. Giré la mirada y vi a una mujer de unos 30 y pico años, que me dijo: “Por favor, deja de bailar con ella”.

Yo me quedé muy sorprendido, y le dije que por qué. Ella, sin mediar explicación, agarró a la chica por el brazo y se la llevó de mis garras. Mi sorpresa fue mayúscula, me quedé prácticamente atónito. Supuse que debía de ser familia de la chica, que debía de tener entre 16 y 20 años por el aspecto físico que tenía (al menos de espaldas). Quizá era la tía o incluso la madre.

Tras verse frustrada mi noche de triunfador, me acerqué medio aturdido a mis amigos. Los vi alicaídos, y les dije que no se sintieran tan mal por mí, que se alegraran: al menos había bailado con una tía durante unos 5 minutos o así… Sus caras de pena seguían ahí, y Sergio fue el único capaz de mediar gesto, apuntando hacia el grupo de chicas con su dedo índice, indicándome que mirara. En esta ocasión, tras los recientes y sorprendentes acontecimientos, los efectos del alcohol etílico desaparecieron casi por completo y pude ver con mayor claridad la escena. Miré bien el grupo de chicas, y me vino una idea a la cabeza… idea de la que me desembaracé de inmediato, por ridícula. No podía ser. Volví a mirar. De nuevo me pareció lo mismo, y entrecerré los ojos y los volví a abrir en señal de estupefacción. ¿Podría ser verdad? Me froté los ojos y volví a mirar al grupo de chicas que bailaba ahí… Y se me cayó el mundo al suelo.

Ahí comprendí qué hacía el secuaz de Augusto grabándome, las señas de “No” que me hacían Jorge y Sergio, los movimientos desenfrenados, descoordinados y aparentemente faltos de ritmo de las chicas… y comprendí también quién era la treintona que se llevó a la rubia que tenía agarrada. Era la monitora. La monitora de un grupo de chicas. De un grupo de chicas… retrasadas. Sí, sí, has leído bien. Un grupo de retrasadas mentales. Dios mío de mi vida. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? En fin. La treintañera era aparentemente la monitora del grupo, y evidentemente no esperaba que ningún chico atacara a ninguna de sus chicas, ya que sólo con mirarlas a la cara uno comprendía que eran retrasadas mentales. Es decir, claro, si las mirabas a la cara. Algo que yo obvié, haciendo gala de mi habitual gran criterio en temas de amoríos. Menudo crack. Bueno, supongo que la monitora posiblemente había sacado al grupito de chicas imposibilitadas a una discoteca durante un ratito para realizar una actividad distinta y posibilitar que se relacionaran un poquito con gente normal (ejem), probablemente con la intención de hacerlo rápido y evitar ninguna situación comprometida… Y ahí estaba yo. Madre mía.

Miré a mis amigos, y estos aún no se atrevían a mirarme a los ojos, tenían la mirada clavada en el suelo. A lo lejos, Augusto y sus secuaces miraban la pantalla del móvil en que habían grabado la escena y daban botes mientras se partían el pecho de risa y algunos apuntaban en mi dirección. El desastre se había consumado. Mi gozo en un pozo. Me tocarían unos cuantos días de reclusión completa para evitar ser burla constante, pues estas hienas que tenía como secuaces Augusto se asegurarían de hacer propaganda de mi aciaga noche.

Tras haber perdido mi dignidad de una manera tan execrable, pensé que no había razón alguna para seguir en la discoteca, aunque me planteé ir a disculparme a la monitora, pero ya no me atreví. Ante tal triste escenario me encontraba yo buscando algo que me animara, cuando de repente me entraron ganas de vomitar y me tuve que ir volando al lavabo de la discoteca, donde eché hasta las primeras papillas. Acto seguido, aun viendo que mi reloj Casio de pulsera marcaba unas tempranas 3:00 AM, decidí irme de la discoteca, absolutamente desanimado, sin ni tan sólo despedirme de mis colegas. La poca valentía que pudiera quedarme ante tal desesperante situación se fue con el alcohol que expulsé oralmente y deposité en la taza del wáter de la discoteca.

Al día siguiente, la expresión “Tierra, trágame” tomó en mi mente el sentido más literal que uno pudiera encontrarle. El mundo parecía haberse convertido en la peor de las prisiones. Mi cama, la mazmorra en la que estaba encerrado y de la que, por cierto, no quería salir. Mi móvil, repleto de mensajes. Dos de ellos compasivos y de ánimos, de Jorge y Sergio. Les respondí y les pedí perdón por haberme largado sin ni tan solo despedirme. El resto de los 43 SMS totales que recibí, anuncios múltiples enviados por vía de Internet a un aparente grupo de teléfonos móviles (posiblemente a todos los números de chavales de mi pueblo y alrededores) por un tal Derges, que resultaba coincidir con el nombre de uno de los secuaces de Augusto. Los mensajes eran todos idénticos, anunciando un nuevo vídeo en youtube “que no os podéis perder. La máxima expresión del patetismo hecha persona. Buscad en youtube POLOLO TRIUNFADOR”. No me hacía falta leer más. Me enrosqué aún más en mis mantas y decidí esperar a que el temporal pasara.

Madre mía. Ya estamos otra vez.

P.D. Gracias a que mi colega Jorge estudia Ingeniería Informática, fue capaz de bloquear el vídeo en youtube apenas unas horas después de que se incluyera, minimizando así el daño a mi (¿inexistente?) reputación. Al menos me queda algún amigo y el consuelo de que existe un cierto porcentaje de gente en el planeta que no ha llegado a ver el vídeo de este episodio de infausta memoria en mi lamentable existencia. Lo triste del asunto es que casi medio pueblo llegó a ver el vídeo, y hasta mi hermana de 17 años se enteró y se ha estado riendo de mí tanto en la comida como en la cena. Yo ya no sé si llorar o reír.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Diario de un pardillo; Capítulo uno: Afeitarse o no afeitarse: Esa es la cuestión

Diario de un pardillo

Capítulo uno
Afeitarse o no afeitarse: Esa es la cuestión

Ya estamos otra vez. Yo casi ya ni me inmuto ante mi mala suerte. O quizá ya no sea suerte. Quizá sea una tendencia. Es decir, cuando a uno le suceden tantas cosas “desafortunadas” eso mismo tiende a generar una especie de efecto “bola de nieve” donde cada vez parece acumular más y más desgracias y no parece ser capaz de revertir la situación. Al final uno acaba por crear una especie de caparazón y encerrarse en él. Es un caparazón figurado, claro está, pues uno no se convierte en una especie de Calimero... al menos en el aspecto puramente físico.

Oh, perdón. No me he presentado. Soy Pololo Ferrándiz. Sí, sí, ese es mi nombre. No me preguntéis qué les hice a mis padres para que me pusieran de nombre Pololo, pues sinceramente, no lo sé. Aún no me conocían y según parece ya me odiaban. Aunque en realidad bien podríamos considerar ese mi primer aviso. El primer aviso de lo que la vida me estaba preparando.

En fin, que tengo 21 años, mido 1’70 m y peso 82 kilos. Como es fácilmente deducible, me sobra un poquito de peso. Y tampoco soy el chico más agraciado de la provincia, para qué engañarnos. Yo creo que tampoco estoy tan mal, pero las chicas parecen tener una opinión un poco más radical al respecto. Nunca he besado a una chica en mis 21 años de peripecias e infortunios amorosos.

Vivo en Villagarcía del Llano, un pueblo en la provincia de Albacete, Castilla La Mancha, España. Y olé. En fin, es un pueblo más bien aburrido, aunque por alguna extraña razón existen ciertos grupos de turistas que deciden venir aquí de viaje y a veces tenemos giris en la única discoteca del pueblo, la disco Hollywood.

Pero, volviendo a la razón principal de que esté escribiendo esto, me gustaría decir que, aunque pueda parecer muy egocéntrica esta presentación, si estoy escribiendo esto es para poner un ejemplo a no seguir. Sí, sí: un ejemplo a NO seguir. La gente normalmente habla de sus ídolos como “ejemplos a seguir”. Pues yo, no es que lo pretendiera, pero digamos que la vida ha querido que me convierta en una especie de anti-ídolo, y ante tal don he decidido hacer algo útil para la humanidad y describir mis desventuras, para que la gente en general pueda aprender de ellas. Es decir, observarlas y aprender qué es lo que no se debe hacer si uno quiere ser alguien de provecho y tener éxito en la vida, y evitar así ser un pardillo. Dios mío, qué tristeza de palabra. Pardillo.

Claro está que yo no fui consciente de mi situación hasta que empecé a relacionarme con otros niños. Mi más tierna infancia no fue necesariamente una etapa dolorosa. Mis padres me mostraban mucho cariño, y los helados, videojuegos y correteos con mi perro Tresky eran costumbre y mis días pasaban alegremente, en la jubilosa inconsciencia de lo que el futuro me deparaba.

Pero al igual que ese sabroso frigopié que comes con placer finalmente se acaba tras lametearlo durante unos cuantos y deliciosos minutos, en mi caso lo bueno llegó también a su fin. Llegó mi hora de empezar el colegio. Los parvulitos. En el día más traumático de mi vida, mi madre Josefa me llevó al colegio San Andrés y me dejó lloroso en manos de una profesora cuyo nombre ya no recuerdo... aunque tampoco lo quiero recordar. Acto seguido me dio un beso en la frente y sin más me abandonó a mi suerte. Lo cual es, si uno me conoce aunque sólo sea un mínimo, bastante similar a subirme a un quinto piso y decirme: “Salta, chaval”. Aunque quizá mi pobre madre eso no lo sabía. Quizá era demasiado pronto. Sea como fuere, esa no iba a ser la peor sorpresa del día: aún quedaba algo peor. Ese día descubrí no sólo que mi madre no era ese ángel de la guarda que nunca se separaría de mí. También descubrí esa execrable especie, indigna casi de mención, pero que por cuestiones de guión debo mencionar. Me refiero, evidentemente, a los otros niños.

No es que les tenga un odio especial, no nos equivoquemos. Cuando uno está nadando plácidamente en la playa y ve una aleta de tiburón acercándosele, no siente necesariamente ningún tipo de odio en especial. Inicialmente uno, inconsciente de lo que la aleta representa, puede que se acerque alegremente a esa aleta para ver qué es, sólo para darse cuenta poco después de que su cuerpo entero de tronco para abajo acaba de ser arrancado de cuajo. Bueno, de esa misma inconsciencia hice gala yo en ese, mi primer día de escuela en parvulitos de 4 años.

Pero, retomando el hilo, eso no fue más que el principio. Han pasado ya 17 años de eso y aquí estoy yo, abonado a “mi suerte”, o más bien a mi “mala suerte”. Sí, si buscabas una historia penosa y lastimera y encontraste este texto en tus manos, pues has dado en el clavo.

Pero una vez más, volvamos a lo que íbamos. Esa famosa frase que ya se ha convertido en parte habitual de mi léxico vuelve a rondarme, muy a pesar mío. Ya estamos otra vez. Sí, esa es la frase. La frase que podría muy fácilmente describir mi vida. De hecho, podría describir tantos incidentes sueltos de esta, que uno casi pensaría que la adopté como lema en algún momento y que conduzco mi vida consciente o inconscientemente intentando hacer bueno ese lema. Y quizá quien pensara eso tendría razón, no sé.

El hecho es que, hoy, una vez más, me he visto abocado a una de esas situaciones en las que sólo alguien con una evidente mala sombra puede acabar. No es tampoco el fin del mundo, si uno lo mira con frialdad, pero cuando uno se ha enfrentado a mil y una de estas situaciones que “tampoco son el fin del mundo”, uno empieza a plantearse cosas. Y esta ya pasa de la número mil uno. Con creces.

Pongámonos en antecedentes. Es decir, en la situación actual que nos ocupa. Pues resulta que ahora mismo estoy en casa. En mi habitación. Sentado ante el ordenador. Escribiendo. Y son las siete de la mañana. Y hoy, diríamos, no ha sido el mejor de mis días. O la mejor de mis noches. Hace apenas unas horas me encontraba en la disco. Para más detalles, la disco Hollywood. Aunque como ya he dicho, es la única disco del pueblo. Y hoy, siendo viernes por la noche, no me afeité antes de salir. No soy un chico muy peludo y no necesito afeitarme más de una o dos veces por semana, y suelo hacerlo sábados y jueves. Básicamente porque esos son los dos días principales para salir a ligar... El jueves por la noche en la universidad (estudio Ingeniería Mecánica en la Universidad Complutense de Madrid), el sábado por la noche en el pueblo, donde paso los fines de semana.

Pues a lo que iba: hoy no me afeité. ¿Por qué comento esto? Bien, por si el título del capítulo no era lo suficientemente diáfano y explicativo, pronto quedará todo claro. Afeitarse o no, contrariamente a lo que mucha gente pueda pensar, puede resultar la decisión clave de una noche.

Yo, inicialmente pensé en tomarme la noche de hoy como un día cualquiera y simplemente tomarme un par de cervezas con mis colegas, Jorge y Sergio, y escuchar un poco de música en la disco, mover un poquito el cuerpo al son de la música (eso sí, con cuidado de no hacer ningún movimiento que denote una falta de estilo que pudiera dejarme en evidencia ante alguna chica), y poca cosa más. Pero, ¿cómo iba yo a esperar que precisamente hoy me iba a surgir la oportunidad que llevaba 20... perdón, 21 años esperando? (Es que cumplí 21 hace sólo un mes, y aún no me hago a la idea).

Pero volviendo al tema que nos ocupa, la oportunidad se presentó cuando yo menos lo esperaba. Es decir, esta noche por primera vez en mi vida una chica me miró y me sonrió... aparentemente atraída por mí.

La chica estaba a unos 10 metros de mí, con un grupo de chicas, que supongo eran sus amigas. Todas estaban apartadas de la pista de baile, pero aun así bailaban al son de la música que DJ Juanjo (no es que yo le conozca, pero ¡quién no conoce a DJ Juanjo! ¡El mejor, si bien único, DJ en toda Villagarcía del Llano!)

Pero volvamos a la chica. Era una giri, pues no la había visto nunca y sin duda no parecía española, en absoluto. Era rubia, más bien delgadita, vestía con una minifalda bastante atrevida de color gris y un top negro que apenas tapaba unos pechos no muy voluptuosos, pero muy apetecibles. La chica llevaba unos zapatos negros abiertos que se cerraban con sólo unas tiras cruzadas y que dejaban al descubierto sus delicados pies. El grupo entero de chicas, todas vestidas de forma más bien provocativa, se asemejaban más a una jauría de cautivadoras amazonas que a nada parecido al típico grupo de chicas que uno está acostumbrado a ver por estos lares. Yo al principio, qué duda cabe, miré a mi alrededor, convencido de que sonreía a otra persona. O sea, ¿cómo iba esta chica, fascinante y sexy hasta límites nunca vistos por estas tierras de Dios, estarme sonriendo a mí?

Pero cuál fue mi sorpresa al descubrir que estaba yo más solo que la una en la barra ante la pista de baile... ¡Sólo podía estar sonriéndome a mí! Y ahí fue cuando se me erizaron los pelos, aparté la mirada acongojado y empecé a mirar a la pista, evitando la mirada de esa anonadante rubita que me seguía mirando, según yo percibía por el rabillo del ojo...

Miré hacia atrás, avergonzado, y vi a Sergio y Jorge aún en la otra barra, intentando pedirse una cerveza o un cubata... pero la camarera no les hacía ni caso. A veces tanto yo como mis colegas llegamos a niveles de patetismo casi inenarrables. Cuando giré la cara para volver a mirar hacia la pista, vi una escena horripilante: la rubia estaba empezando a caminar... ¡¡¡¡hacia mí!!!! Y no sólo eso, caminaba hacia mí ¡¡mirándome directamente a los ojos!!

Ahí fue cuando mis fusibles cortocircuitaron o los circuitos de mi mente se soldaron o como se quiera decir eso en electrónica, porque la chica no sólo siguió caminando hacia mí, sino que llegó hasta mi lado en la barra situada ante la pista y se quedó a una distancia de unos escasos 50-100 cm. Estaba a menos de un metro de mí. La única vez que una chica había estado a esa distancia de mí de forma voluntaria... Bueno, muy voluntaria no fue... O sí.... Bueno, da igual, la única vez que había tenido una chica a esa distancia en mis 21 años de sufrimiento (lo llamo “sufrimiento” porque llamar a esto vida sería mucho llamar, creo yo) fue en el 15 cumpleaños de Cristina Antúnez, una chica de mi clase que, aún no sé por qué, me invitó a mí a su fiesta de cumpleaños. Es la única vez en mi vida que una chica me ha invitado a su cumple. De hecho, no fue ella quien me lo dijo. Fue mi madre. Sí, creo que me invitó porque su madre y la mía eran amigas, aunque nunca estuve del todo seguro. En fin, lo que sucedió ahí es que estábamos todos en su fiesta de cumpleaños y en cierto momento todos nos acercamos a ver los regalos, y yo estaba apoyado en la mesa, cuando toda la marabunta de gente se me echó encima, y apoyado en mi brazo de repente noté una sensación de algo suave casi aplastado sobre el brazo... Me giré y vi que era... ¡¡el pecho izquierdo de Liliana, la tetona de clase!! Oh, casi me desmayé. Pero no hice nada, me quedé ahí petrificado, deseando que Liliana tampoco se moviera. Aunque poco duró la alegría, ya que en cuanto Liliana me miró y vio que estaba rojo como un tomate, se dio cuenta de la situación, se apartó de mí empujándome y espetó a viva voz: “¡¡Si me quieres tocar las tetas, me pides permiso, chaval!!”. Tierra trágame, pensé. Pero por otro lado, esa fue toda una experiencia. Ahora ya conocía la textura de unos pechos. Si bien sólo lo noté con la parte posterior de mi antebrazo derecho, mejor eso que nada. Nunca antes ni después una chica se me había acercado a menos de 3 metros.

Y ahí estaba yo, en la discoteca, con esa belleza a un metro o menos de distancia de mí, bailando animadamente a mi lado. Y yo no sabía qué hacer. En ese momento pensé que lo que haría un ligón sería hablar con ella, pero ni que decir tiene que yo de ligón... pues bien poco. Dejé que bailara y yo seguí con mi mirada clavada en la pista de baile, más nervioso que un flan... Cuando de repente... ¡La chica me estaba hablando! Me dijo en inglés: “Do you have a lighter?” y tenía un cigarrillo entre los dedos. Y yo, que no fumo (aunque sí hablo inglés), y que apenas podía hacer que mis cuerdas vocales articularan sonido en esa situación, le dije que no tenía fuego. Y volví a clavar mi mirada en la pista.

¿Pero cómo podía una chica así estar interesada en mí? ¿Podría ser verdad? ¿Y si me lanzo y resulta que no le gusto y todo eran imaginaciones mías? Igual sólo ha venido hasta aquí para ver la pista de cerca. Y sí, seguro que lo único que pasa es que a su mechero se le ha acabado el gas, así como a los mecheros de todas sus amigas, y por eso me pide el fuego a mí. Está clarísimo. Está clarísimo que todo esto tiene una explicación lógica y que esta chica no está intentando ligar conmigo... Eso sería imposible.

De repente la chica dio media vuelta y volvió con su grupo de amigas. Yo me quedé con una mezcla de enfado conmigo mismo y duda. Entonces, aún casi como un flan, giré la cara en dirección opuesta al grupo de chicas, y vi que en la pared de al lado había un espejo. Me miré, y ahí lo comprendí todo.

No me había afeitado.

La barbita de 4 días que llevaba abortó cualquier posibilidad factible en cuanto la chica me vio de cerca. Y por eso se fue. Ya era difícil de creer que de lejos tuviera interés alguno en mí, pero de cerca y sin afeitar... hablamos de una utopía.

En fin, me lo estaba empezando a tomar con filosofía ahora que ya había encontrado una explicación lógica para todo ello, cuando me sentí observado. Esa sensación de que alguien te está mirando aunque no sabes desde dónde. Me giré hacia donde estaban las chicas esas, y ahí estaba ese bellezón de rubia: ¡apuntándome con el dedo y hablando con sus amigas, 5 bellezas todas ellas, todas mirándome a mí! ¡¡Y hasta una me saludó, y la rubita le hizo bajar la mano y pareció avergonzada!! Si alguna vez he querido que la tierra me tragara...

Y yo, en un arranque de genialidad y valentía, me armé de coraje, respiré hondó y… giré la cabeza y seguí mirando a la pista como si no hubiera visto nada. Madre mía. Menudo crack que estoy hecho.

Plantado ante la pista de baile busqué en mi mente una explicación a todo esto. A la chica, aparentemente, yo le gustaba. ¿Ilógico? Sí. Pero parecía un hecho. ¿Pero por qué yo no era capaz ni tan solo de mirarla a los ojos? Me volví a mirar al espejo, y ahí llegó la iluminación. La luz divina que me hizo ver la realidad con claridad cristalina. De repente, todo encajó en mi mente: mi propio honor y hombría no me permitirían irme con ella en las condiciones en que estaba. No podía hacerlo. Estaba sin afeitar. Nunca me perdonaría irme con una chica así sin afeitarme. Lo vi clarísimo: lo que había que hacer era ir a casa, afeitarme y entonces volver y hablar con la chica entonces, sintiéndome como el rey del mambo, bien afeitadito, y dejar entonces que las aguas siguieran su curso. Por fin tenía mi plan maestro.

Evitando ni tan sólo mirar a las chicas, fui adonde Jorge y Sergio y les dije que me iba a casa a afeitar y que volvería en un rato. Jorge me dijo que si estaba loco, Sergio miró su reloj y puso cara de extrañeza... Nada fuera de lo común. Su mayúscula sorpresa sólo se debía a que no conocían mi plan maestro, pero yo no tenía tiempo de explicárselo, había llegado la hora de pasar a la acción. En todo el camino a casa, adonde fui caminando, claro está (no tengo ni moto ni coche ni medio de transporte propio), fui haciéndome castillos en el aire sobre lo bonito que sería todo cuando volviera a la disco... Una vez en casa, me tomé el tiempo necesario para hacer las cosas bien. Me afeité con tranquilidad y muy a fondo, me duché de nuevo, me lavé los dientes e hice gárgaras con listerine y hasta me cambié de ropa para ponerme mi camisa preferida. Me miré en el espejo y en efecto: estaba rompedor. Es decir, estaba tan rompedor como podía llegar a estar, dadas mis circunstancias corporales... O sea, mi barriga y estas cosas... En fin, en el camino de vuelta a la disco no fui corriendo en ningún momento, caminé con parsimonia y tranquilidad, para asegurar que ni una gota de sudor transpirara y ningún olor pudiera aparecer. Estaba todo planeado, todo bajo control. Nada podía fallar esta vez.

Salvo un pequeño detalle inesperado. Cuando volví a la disco, las luces de neón estaban apagadas.

Efectivamente, la discoteca había cerrado.

Miré mi reloj: las 05:30. La discoteca llevaba ya media hora cerrada. No había rastro ni de la rubita ni de sus amigas ni de mis amigos... Nadie.

Mi gozo en un pozo. Aunque eso sí, me fui a mi camita muy bien afeitadito. Y con los dientes bien limpios. Seguro que mi madre estaría muy orgullosa de mí.

Qué desastre. Ya estamos otra vez.

P.D. Al día siguiente fui a la disco de nuevo y ese grupo de bellezas descomunales no dio señales de vida. Nunca más las volví a ver. Y mis amigos que creen que estoy delirante, ya que esas tipas nunca se hubieran fijado en un pardillo como yo. La oportunidad de mi vida, echada por la taza del water. Si es que, definitivamente, estoy hecho un crack.