Capítulo dos
Ni Shakira ni Beyoncé se mueven así…
Bueno, pues ahora que nos conocemos... O mejor dicho, que me conocéis, porque yo a vosotros no mucho, aquí voy con una nueva entrada de mi diario y la historia correspondiente.
La historia de hoy, en el pardillómetro, entraría en la máxima expresión de pardillez… o más allá incluso. Vamos, que se sale de la escala. Yo creo que para esta historia deberíamos crear un nuevo rasero de medida, el penosímetro. O sea, a diferencia del pardillómetro, que mide el nivel de pardillez, tendríamos una escala paralela, el penosímetro, que mediría el nivel de penosidad que alcanza un ser humano en sus quehaceres. De hecho, más que una escala paralela, sería una escala que mide situaciones que no sólo denotan pardillez, sino que ya causan que los demás sientan pena por ti.
Aunque... un momento, recapitulemos un poco. Creo que me he acelerado un pelín. No os he explicado qué es el pardillómetro. Bueno, en cualquier caso creo que es bastante autoexplicativo, por el nombre en sí. Pero la realidad es que el pardillómetro contiene unos niveles muy claros y definidos, que merecen su debida atención y que vamos a nombrar y explicar aquí para ilustración del afanado lector:
Pardillómetro
Nivel de pardillez Valor numérico
Pardillus maximus +100
Pardillo cum laude +90
Gran Maestre pardillo +80
Pardillo emérito +70
Maese pardillo +60
Pardillo profesional +50
Pardillo mancebo +40
Pardillo novicio +30
Pardillo neófito +20
Aprendiz de pardillo +10
Los niveles, como verás por sus nombres, son más bien autoexplicativos, así que de hecho no creo que merezca la pena explicar gran cosa más, más allá de dar los valores numéricos y los nombres. Conforme avancemos por las aventuras y desventuras de mi persona en este edificante (o al menos eso pretendo) “compendio del anti-ídolo”, como se le podría llamar, o Diario de un pardillo, como finalmente se nombró, como bien sabrás, iremos puntuando las peripecias retratadas. Espero que las puntuaciones se adecúen a tu propio criterio, un criterio que conforme avances, supongo que convergerá más veces que no con el mío. Y si no estás de acuerdo, oye, que no eres tú el que se está retratando capítulo a capítulo haciendo el ridículo y explicando todas las veces que has hecho la pena, así que al menos respétame eso, jobar.
En fin, también tenemos la nueva escala, la escala de penosidad. Aquí la tenemos:
Penosímetro
Nivel de penosidad Valor numérico
Penosus maximus +100
Penoso cum laude +90
Gran Maestre penoso +80
Penoso emérito +70
Maese penoso +60
Penoso profesional +50
Penoso mancebo +40
Penoso novicio +30
Penoso neófito +20
Aprendiz de penoso +10
Sencillo, ¿verdad? Bueno, pues retomando el hilo antes de que lo perdamos, la historia de hoy se sale de los rangos de pardillez y entra en los rangos de penosidad. Es un nivel de Pardillus maximus y Penoso cum laude, según creo yo. Ah, por cierto, que el primer capítulo se quedó sin puntuación, así que a posteriori yo diría que se quedaba en un nivel de Gran maestre pardillo.
Pero de nuevo, volvamos a la historia de hoy, que me desvío más que un camino de cabras... De nuevo, aquí estoy, en casa, escribiendo en mi ordenador, esta vez a las 4:00 de la mañana, antes de lo habitual. Y esta noche ha sido una de esas noches apoteósicas. Hemos ido, como de costumbre, a la disco Hollywood. Elementos presentes: Jorge, Sergio y yo.
Hoy, siendo sábado noche, decidí ponerme mis mejores galas, salir bien afeitadito y rezumando Paco Rabanne XS por todos los poros. Antes de ir a nuestro destino final, la disco Hollywood, decidimos ir al bar La Tasca a zumbarnos unos calimochos. No es que yo sea muy amigo de los calimochos de don Simón, pero la economía está muy mal, como todos sabemos. Y como diría un catalán, la pela es la pela.
Tras los calimochos de rigor y un par de comentarios con los colegas acerca de los partidos de la jornada de fútbol, nos lanzamos de cacería a la cueva... es decir, al Hollywood en busca de algunas nenas.
Siempre nos hacemos los chulitos entre nosotros, hablando de pibas, nenas, churris, tías, etc., pero la realidad es que, honestamente, el patetismo del que hacemos gala día tras día y noche tras noche es algo digno de mención. Ni yo ni ninguno de mis amigos hemos penetrado en un rango de 2 metros a la redonda de ninguna mujer desde que nuestras respectivas progenitoras nos dejaron de amamantar... Oh, bueno, yo fui lo bastante afortunado como para vivir la mítica experiencia con Liliana, pero creo que eso ya os lo conté si no me equivoco. Desde entonces Jorge y Sergio me consideran casi su ídolo por haber percibido personalmente los senos de Liliana... En fin, pues tras nuestras chorradillas y comentarios varios, decidimos ir a la disco.
Una vez allí, vimos que el ambiente estaba más animado de lo habitual. DJ Juanjo estaba en plan comercial, poniendo música disco por doquier, más bien orientada a las chavalillas... que, por cierto, no escaseaban. Desde que entramos vimos que había varios grupos de chicas que no eran del pueblo. Debían de ser giris o grupos de estudiantes en viaje de fin de curso. Daba igual.
Nos dirigimos a la barra y nos plantamos a observar a la Nuri, la camarera de la barra principal del Hollywood. La Nuri era como un mito para todos nosotros, una mujer realmente espectacular: morena y de pelo largo, con curvas marcadas. De hecho era de nuestra edad, pero no lo parecía en absoluto. Es decir, nosotros parecíamos niños de primaria al lado de ella, que parecía toda una mujer, rezumando autoconfianza... y con un cuerpo que tiraba de espaldas.
Como de costumbre, pareció no notar que estábamos ahí y atendió a todos los presentes antes que a nosotros, que tuvimos que llamarla tres veces para que se diera cuenta de nuestra presencia. Finalmente nos vino a atender. Si en algo somos buenos, sin duda es en parecer invisibles, eso seguro. Cuando finalmente nos atendió, Jorge hizo el comentario de rigor: “Si me ligara a esta tía, ya me podría morir”. A lo que respondí con una palmada en la espalda y una mirada compasiva. Sergio no dejó de mirar a Nuri ni un instante, con cara de obseso, y tuvimos que arrastrarle de la barra para ir hacia la pista.
Al acercarnos a la pista, sin embargo, se olió el desastre. Las aletas de tiburones empezaron a asomar y la aparición de Augusto y su peña tiñó de negro una noche que tampoco pintaba tan mal. Augusto es el chulo del pueblo. Trabaja desde los 14 años, cuando dejó de estudiar, y desde entonces se dedicó a ser mecánico de coches en el taller de su padre. Tenía un coche con todo tipo de aderezos, un Golf GTI que se podía oír desde la otra punta del pueblo del ruido que hacía su motor. Siempre junto a él iban su séquito de pelotas, un grupito de “mini-chulos” o “mini-Augustos” podríamos decir, que eran tan desagradables como él.
Ay, pero hagamos aquí una de esas “excursiones” por el baúl de los recuerdos... muy a pesar mío. Augusto fue el primer niño que conocí en el colegio. Fuimos juntos desde mi primer día de cole, es decir, desde mi primer día de parvulitos. Un día que, dicho sea de paso, me marcó para siempre. Supongo que ante la desfachatez mía de atreverme a existir en el mismo colegio que “don Corleaugusto” y hasta dirigirle una palabra en ese primer día de parvulitos, el energúmeno debió de decidir que haría de mis días algo tan insoportable que desearía no haber nacido nunca. Y bueno, doy fe de que su contribución a hacer de mis días algo casi insoportable ha sido cuando menos destacable.
Pero volviendo a ese primer día de parvulitos, Augusto se las arregló para hacer que me pusiera a correr con los cordones de mis zapatos izquierdo y derecho atados entrelazadamente... Sí, sí, no me preguntéis por qué acepté correr con los cordones de mis pies izquierdo y derecho entrelazados, no lo sé ni yo mismo a día de hoy. Pero el hecho es que lo hice... Es decir, lo intenté. Porque el trompazo que me pegué fue descomunal tras mis dos primeros pasos, y mientras estaba en el suelo bocabajo y llorando, vino Augusto y me bajó los pantalones ante todos los niños y niñas del colegio. O sea, mi primer día, de hecho mi primera hora, y ya me habían visto el pompis todos y ya era el hazmerreír del colegio. Quizá debería escribir a esos del libro Guiness de los récords... “Tiempo récord en convertirse en el hazmerreír de todo un colegio”. En fin, que ese primer día resultó a la postre muy premonitorio.
Pero retomando lo que ha pasado esta noche, Augusto y su panda pasaban por ahí y él me hizo su típico “saludo”. Es decir, una colleja que casi me parte el cuello y el habitual “Hombre, ¡pero si aquí tenemos la mítica panda del Pololo!”. Conforme decía esas ya trilladas palabras, sus secuaces abordaron a Jorge y Sergio, avasallándolos por igual. A ese “original” inicio, le siguió el no menos original comentario de “¿Qué hacéis aquí, pringaíllos? Si lo que tendríais que hacer es iros a casa a hacer los deberes...”, y un par de chascarrillos más que lo único que hicieron fue evidenciar que el coeficiente intelectual no era, sin duda, un requisito para entrar a formar parte de “la panda del Augusto”. En fin, con un poco de suerte y unas pibas que pasaron cerca y captaron la atención de Augusto y sus compinches, conseguimos escabullirnos y meternos en una esquina de la pista de baile donde esperábamos pasar desapercibidos el resto de la noche... al menos desapercibidos a los ojos de ese puñado de mandriles.
Y en un principio parecía que la suerte nos había acompañado, pues a dos metros de mí vi que había un grupo de chicas de espaldas a nosotros, todas bailando. Tenían poco sentido del ritmo, la verdad, pero quién era yo para juzgar el sentido del ritmo de los demás, seamos honestos...
Cogí, y sin decirles nada a Jorge y Sergio me fui a la barra que teníamos a 10 metros, la barra de la Nuri, y me enchufé 3 vodkas con naranja seguidos para pillar el puntillo y ver si así me atrevía a hablar con una de esas chavalillas. La Nuri, como es costumbre, ni me miró ni cuando le pedí las bebidas, ni cuando las sirvió ni cuando recogió el dinero. Estaba demasiado ocupada bromeando con el otro camarero (un tío con suerte ese) que tonteaba con ella dentro de la barra. Decidí dejar de mirarla para no hacerme ninguna ilusión y recordé el grupillo que había en en centro de la pista. Me enchufé los cubatas del tirón, uno tras otro, y en el último trago me dio una arcada, pero pude soportarlo sin vomitar, aunque cerca estuve, la verdad.
Los cubatas no es que fueran precisamente mi bebida preferida, si hemos de ser realistas. Esto de beber no es que me me gustara, en realidad, porque el sabor del vodka, whisky y toda la pesca no es que sea algo muy agradable para el paladar… al menos eso creo yo. Pero el deber es el deber, y ahora tocaba atacar, mal que me pesara. Y el elemento etílico era, como de costumbre, algo indispensable.
De hecho, ahora que lo pienso, nunca he entendido una cosa acerca de este mundo. Siempre le he dado vueltas a por qué ha de ser el tío el que ataque siempre. Vamos, no es que sea así siempre, pero es que parece que sea algo inculcado en la sociedad que es el tío el que tiene que lanzarse y la chica la que debe estar ahí de pasmarote esperando a que la ataquen. Una evidente injusticia para los pobres coleguitas como yo, que precisamente lanzaos no es que seamos. Es una especie de machismo pero a la inversa. O sea, que las tías se quedan ahí plantadas mirando mientras son los tíos los que tienen que currárselo, atacarlas, etc. Para que luego se quejen de machismo. Encima. Los que nos tendríamos que quejar somos los pobres hombres, que nosotros no podemos quedarnos de brazos cruzados y aun así ligar, cosa que los afortunados miembros del sexo comúnmente llamado débil sí pueden hacer. Una injusticia más dentro de este desequilibrado mundo en el que vivimos, que por momentos parece haberse creado única y exclusivamente con el fin de hacerme la vida imposible. Igual esto no es más que un espectáculo al estilo de El Show de Truman y yo soy el inconsciente actor principal, con millones de personas riéndose de mí sin yo ni tan siquiera saberlo. Eso explicaría muchas cosas, ahora que lo pienso. Un día hablaré más largo y tendido al respecto, pero no querría ahora irme más por las ramas, que mi tendencia a estas idas de olla —de utilidad más bien nula y que rara vez ayudan a llegar a ninguna conclusión beneficiosa— es de sobras conocida.
En fin, pues volviendo a la historia que nos ocupa, me encontraba yo en la tesitura anteriormente descrita, con mis 3 vodkas naranja entre pecho y espalda y esperando a que la mágica poción hiciera efecto y que ese monstruo que llevo dentro hiciera acto de presencia y atacara a alguna de esas chavalillas, con mi persona de mero espectador ante el espectáculo de “triunfatore” al más puro estilo Rodolfo Valentino… O eso esperaba yo al menos.
Eché un vistazo de nuevo a la pista, y los movimientos de las chicas que instantes antes me parecieron descoordinados, me parecieron ahora mucho más rítmicos que antes. Como el tiempo acabaría dictando, esa apreciación no fue más que los efectos de mi ingestión etílica, pero en ese momento mi percepción me impulsó a acercarme a la pista y colocarme cerca de las chicas, incitando al Mr. Hyde que llevo dentro a que se mostrara. ¿O es el Dr. Jekyll? Jo, siempre me lío, no sé quién era el bueno y quién el malo. La verdad es que Jekyll suena a tío malo, ¿no? Parece un nombre de psicópata. Y Hyde es el nombre de un parque de Londres, que por cierto visité con mi padre a la tierna edad de 13 años, y no recuerdo nada especialmente macabro al respecto. Jobar, ya se me ha vuelto a ir la olla… Que a lo que me refería es a que estaba intentando hacer que ese “bicho” desinhibido que llevo dentro hiciera el favor de aparecer y lanzarse a atacar cual tiburón blanco ante un banco de pececillos desprevenidos e inconscientes, tras lo cual, si la empresa resultara exitosa y cazáramos uno de los pececillos, deberíamos desconectar esa “personalidad” para regresar yo mismo y disfrutar de una noche desenfrenada con una de esas chicas, excelsas bellezas para mis ojos tras esos lingotazos etílicos, que bailaban ante mí cual jauría de amazonas, incitándome con los contoneos malintencionados de sus caderas a caer atrapado en sus redes. Joer, a veces me sale la vena shakespeariana.
En fin, que finalmente me planté detrás del grupo. Las chicas, como ya he descrito, se movían de forma muy desinhibida. Por momentos me volvió a parecer una desinhibición excesiva. Como dije, en un principio me parecían completamente faltas de sentido del ritmo, pero llegados a este punto y tras la acción de ese compañero que nunca me abandona en estas empresas, el espíritu del vino, sus movimientos, a mis ojos hacían que esos contoneantes cuerpos que tenía ante mí hicieran palidecer los movimientos de Beyoncé y pareciesen dejar a Shakira en una mera aprendiz.
Me puse a bailar con los ojos cerrados a escasos metros del grupo de bailarinas desenfrenadas y decidí dejarme llevar por la explosiva combinación de música, vodka y chicas… ¿qué más se podría pedir en la vida? Cuando abrí los ojos vi frente a mí a una de esas chicas bailando de espaldas a mí, a unos escasos centímetros, contoneando su cuerpo cual gata en celo y mostrándome el camino a seguir. Obviamente, se me había acercado de espaldas en una evidente señal de que debía atacarla. El momento había llegado, el éxtasis estaba cerca y mi catarsis por fin iba a verse culminada tras larguísimos años de preparación para este momento, la cúspide de mi vida.
En ese instante, hice lo que nunca antes había hecho: mis brazos rodearon a la chica rubia por detrás, agarrando esa delicada cintura con mis manos y acercando hacia mí ese delgado cuerpo que me daba la espalda. La chica no se inmutó ante mi ataque, evidente signo según comprendí de inmediato de que su acercamiento hacia mí no había sido una mera casualidad. La incontenible amazona que tenía agarrada con mis brazos ejerciendo de lazo, siguió moviéndose desenfrenadamente y pensé que la noche podría ser larga, dada su condición incansable y movimientos continuos. Tras unos cuantos segundos de baile desenfrenado, en los que tengo que admitir que me vi incapaz de seguir el ritmo desquiciante de la fémina, vi a mis amigos a escasos metros de mí. Puse cara de satisfacción y les guiñé el ojo. Su cara de incredulidad mientras me miraban no me causó ningún tipo de sorpresa. Hicieron que no con las manos y pusieron cara de alarma, sin saber yo muy bien por qué. Aunque poco importaba. Era evidente que ni Jorge ni Sergio esperaban verme ahí bailando con un pibón desenfrenado en la pista de baile, y estaban en un estado de shock. Decidí seguir bailando y disfrutar del momento, olvidándome de mis amigos y centrándome en mi noche de triunfador. ¿Dónde estaban ahora el Augusto y sus secuaces? Escondidos, pensé. Bah, no merece la pena pensar en esos peinaovejas en momentos como este, me dije a mí mismo.
Cuando más estaba empezando a disfrutar y empezaba a pensar que ya era hora de darle la vuelta a la chica y preguntarle su nombre, de repente vi a uno de los secuaces de Agus con su móvil, acercándose a la pista a escasos metros de mí y de mi chica y empezando a grabar la escena con la cámara que su teléfono incorporaba. No comprendí muy bien por qué estaba grabándome a mí triunfando con una chica, pero pensé que igual quería luego darme el vídeo. Igual ahora me consideraban parte de su grupo de triunfadores y ese era el modo de decir que me aceptaban entre ellos, grabándome y dándome al día siguiente el vídeo para que pudiera disfrutar yo mismo de mi noche de triunfador. Sí, debía de ser eso. Mis amigos, a escasos metros de mí, miraban al suelo, con cara de pena. Me supo mal por ellos, pensé que era injusto que yo triunfara y ellos tuvieran que pasarlo tan mal, aunque tampoco comprendí muy bien por qué tanto drama. Deberían estar contentos de que por fin hubiera triunfado. Pero no le di mayor importancia.
Lo que sucedió después, sin embargo, sí que fue de lo más inesperado. Súbitamente, mientras me veía inmerso en el baile desenfrenado al que me impulsaba la hembra desbocada que tenía enlazada, alguien me dio unos golpecitos en el hombro. Giré la mirada y vi a una mujer de unos 30 y pico años, que me dijo: “Por favor, deja de bailar con ella”.
Yo me quedé muy sorprendido, y le dije que por qué. Ella, sin mediar explicación, agarró a la chica por el brazo y se la llevó de mis garras. Mi sorpresa fue mayúscula, me quedé prácticamente atónito. Supuse que debía de ser familia de la chica, que debía de tener entre 16 y 20 años por el aspecto físico que tenía (al menos de espaldas). Quizá era la tía o incluso la madre.
Tras verse frustrada mi noche de triunfador, me acerqué medio aturdido a mis amigos. Los vi alicaídos, y les dije que no se sintieran tan mal por mí, que se alegraran: al menos había bailado con una tía durante unos 5 minutos o así… Sus caras de pena seguían ahí, y Sergio fue el único capaz de mediar gesto, apuntando hacia el grupo de chicas con su dedo índice, indicándome que mirara. En esta ocasión, tras los recientes y sorprendentes acontecimientos, los efectos del alcohol etílico desaparecieron casi por completo y pude ver con mayor claridad la escena. Miré bien el grupo de chicas, y me vino una idea a la cabeza… idea de la que me desembaracé de inmediato, por ridícula. No podía ser. Volví a mirar. De nuevo me pareció lo mismo, y entrecerré los ojos y los volví a abrir en señal de estupefacción. ¿Podría ser verdad? Me froté los ojos y volví a mirar al grupo de chicas que bailaba ahí… Y se me cayó el mundo al suelo.
Ahí comprendí qué hacía el secuaz de Augusto grabándome, las señas de “No” que me hacían Jorge y Sergio, los movimientos desenfrenados, descoordinados y aparentemente faltos de ritmo de las chicas… y comprendí también quién era la treintona que se llevó a la rubia que tenía agarrada. Era la monitora. La monitora de un grupo de chicas. De un grupo de chicas… retrasadas. Sí, sí, has leído bien. Un grupo de retrasadas mentales. Dios mío de mi vida. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? En fin. La treintañera era aparentemente la monitora del grupo, y evidentemente no esperaba que ningún chico atacara a ninguna de sus chicas, ya que sólo con mirarlas a la cara uno comprendía que eran retrasadas mentales. Es decir, claro, si las mirabas a la cara. Algo que yo obvié, haciendo gala de mi habitual gran criterio en temas de amoríos. Menudo crack. Bueno, supongo que la monitora posiblemente había sacado al grupito de chicas imposibilitadas a una discoteca durante un ratito para realizar una actividad distinta y posibilitar que se relacionaran un poquito con gente normal (ejem), probablemente con la intención de hacerlo rápido y evitar ninguna situación comprometida… Y ahí estaba yo. Madre mía.
Miré a mis amigos, y estos aún no se atrevían a mirarme a los ojos, tenían la mirada clavada en el suelo. A lo lejos, Augusto y sus secuaces miraban la pantalla del móvil en que habían grabado la escena y daban botes mientras se partían el pecho de risa y algunos apuntaban en mi dirección. El desastre se había consumado. Mi gozo en un pozo. Me tocarían unos cuantos días de reclusión completa para evitar ser burla constante, pues estas hienas que tenía como secuaces Augusto se asegurarían de hacer propaganda de mi aciaga noche.
Tras haber perdido mi dignidad de una manera tan execrable, pensé que no había razón alguna para seguir en la discoteca, aunque me planteé ir a disculparme a la monitora, pero ya no me atreví. Ante tal triste escenario me encontraba yo buscando algo que me animara, cuando de repente me entraron ganas de vomitar y me tuve que ir volando al lavabo de la discoteca, donde eché hasta las primeras papillas. Acto seguido, aun viendo que mi reloj Casio de pulsera marcaba unas tempranas 3:00 AM, decidí irme de la discoteca, absolutamente desanimado, sin ni tan sólo despedirme de mis colegas. La poca valentía que pudiera quedarme ante tal desesperante situación se fue con el alcohol que expulsé oralmente y deposité en la taza del wáter de la discoteca.
Al día siguiente, la expresión “Tierra, trágame” tomó en mi mente el sentido más literal que uno pudiera encontrarle. El mundo parecía haberse convertido en la peor de las prisiones. Mi cama, la mazmorra en la que estaba encerrado y de la que, por cierto, no quería salir. Mi móvil, repleto de mensajes. Dos de ellos compasivos y de ánimos, de Jorge y Sergio. Les respondí y les pedí perdón por haberme largado sin ni tan solo despedirme. El resto de los 43 SMS totales que recibí, anuncios múltiples enviados por vía de Internet a un aparente grupo de teléfonos móviles (posiblemente a todos los números de chavales de mi pueblo y alrededores) por un tal Derges, que resultaba coincidir con el nombre de uno de los secuaces de Augusto. Los mensajes eran todos idénticos, anunciando un nuevo vídeo en youtube “que no os podéis perder. La máxima expresión del patetismo hecha persona. Buscad en youtube POLOLO TRIUNFADOR”. No me hacía falta leer más. Me enrosqué aún más en mis mantas y decidí esperar a que el temporal pasara.
Madre mía. Ya estamos otra vez.
P.D. Gracias a que mi colega Jorge estudia Ingeniería Informática, fue capaz de bloquear el vídeo en youtube apenas unas horas después de que se incluyera, minimizando así el daño a mi (¿inexistente?) reputación. Al menos me queda algún amigo y el consuelo de que existe un cierto porcentaje de gente en el planeta que no ha llegado a ver el vídeo de este episodio de infausta memoria en mi lamentable existencia. Lo triste del asunto es que casi medio pueblo llegó a ver el vídeo, y hasta mi hermana de 17 años se enteró y se ha estado riendo de mí tanto en la comida como en la cena. Yo ya no sé si llorar o reír.